En la noche siento vaharadas de humo en mi casa, por eso enciendo la luz, para espantar las nubes, los vapores pesados del verano, el incienso de las oraciones no pronunciadas. Me siento ante el espejo porque necesito reconocerme, necesito saber que no soy sólo ojos, no soy sólo un globo de pensamiento gravitando en el espacio vacío.
¿Quién soy? ¿Qué? Blando y anguloso, como un cristal de carne. En el espejo me pregunto por qué este cuerpo y no otro, por qué piel, huesos, músculos, cartílago y sangre han modelado esta carcasa para mí, específicamente para mí.
No lo sé.
Tengo la boca llena de abejas, se han refugiado en ella del ruido y el humo porque conocen mis cuidados. Siento sus patitas sobre mi lengua, en mi paladar. De vez en cuando salen para comprobar si el peligro ha pasado, pero vuelven pronto dentro de mí. La gente me cree silencioso, pero si se acercasen lo suficiente escucharían el murmullo de las abejas.
En estas noches de insomnio siento un relojito golpearme, una pausa de plomo sobre mis hombros, es la mirada de un dios grave, un breve soplo de eternidad desgastando las partículas de este cuerpo frágil. Entonces las abejas tiemblan en mi boca y desean salir, pero aprieto los labios para salvarlas, para salvarme porque no soy nada sin ellas. No lo entienden, me pican la piel delicada, siento el sabor acre de su veneno y lo trago con sus cuerpos. Entonces es cuando se hace robusto el silencio, las historias se evaporan junto a los cantos y las oraciones. Queda mi cuerpo, mi cuerpo desnudo preparado para encontrar otro cuerpo, otra boca de la que beber y dar a luz una multitud de abejas.

