El único hombre despierto

Botas de un millón de cadáveres marchan sobre la ciudad. La ventana está abierta y puedo ver el árbol, sus hojas color sangre seca, iluminadas por el grito de la farola. Todas las noches es el mismo grito, escupiendo su dolor.

Despierto. Despierta mi rabia con corazón mecánico, un tic-tac de reloj destemplado, cubierto de baba ácida. Estoy sudando, por el dolor, por las fiebres inevitables, por mi visión: un millón de cadáveres pálidos y bien coordinados, ocupando las plazas, los parques, ciegos bajo la tormenta.

Me pregunto si realmente es posible, si es verdad que los muertos pueden levantarse y andar, y hablar, y sangrar de nuevo por algo importante, si es verdad que de sus bocas nacen las mariposas; mariposas de alas azules llenas de ojos, destinadas a anidar dentro de la cabeza de los durmientes. En mi sueño todas esas calaveras de soldados sonreían y se volvían hacia mi ventana, pero en la calle ahora no hay nada, sólo el olor rancio de otra noche de juerga, ni una brisa, ni un vagabundo masturbándose bajo su manta.

Me quedo inmóvil durante un minuto, y pienso en esta ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme. Sobre mi cabeza se desplaza un cielo de borrego sucio, iluminado por las excreciones doradas de estas calles sin vida.

Soy como todos los hombres, me digo.

–Soy como todos los hombres –pronuncio. Pero los demás están durmiendo en sus camas. Si hago un esfuerzo puedo imaginarlos con sus caritas casi inocentes posadas en las almohadas, los párpados cerrados sobre los iris de colores, y todos soñando mientras las mariposas revolotean en sus cabezas, visibles a través de la carne y el hueso. ¿Soñarán con la marcha militar de los cadáveres? ¿Soñarán conmigo?

El sudor se ha enfriado sobre mi piel, mi pecho sube y baja. La pregunta correcta no es ninguna de las anteriores, la pregunta debería ser sobre mi rabia. ¿Por qué? ¿De dónde surge? ¿Cómo le doy cuerda a este cuerpecito roto?

La náusea se asoma a mi boca, y mientras corro al baño lo recuerdo: recuerdo su pelo rizado, su sonrisa traviesa, sus manos sobre las de otro; sin embargo, no encontré nada en sus ojos, un simple reconocimiento sin interés, sin sorpresa, sin remordimiento.

Escupo lo último que queda en mi estómago, y le sonrío al espejo en una mueca burlona.

–Soy como todos los hombres –repito. Salvaje y violento, con los nudillos despellejados, y una flor en el vientre que nació de la navaja del otro. La música estaba alta, la gente gritaba, y yo, sobre él, a ahorcajadas, me reía mientras nos golpeábamos con la entrega de dos que se hubieran amado.

Estoy despierto. La vida me fluye en las venas y en las manos. Decido salir para buscar ese millón de cadáveres, cuyas botas hacen eco sobre el asfalto, pero a la luz de la farola me detiene otra náusea, y esta vez una mariposa nace de mi boca.

Fotografía de Beckett Ruiz via Unsplash

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