Entrada N°24: Cloud Dancer

Va comenzando el año, voy comenzando el año, y me doy cuenta, me acuerdo, de que no escribo en mi blog desde hace más de 500 días. Ni una sola publicación en 2025; y, sin embargo, el marcador de la puerta sigue indicando alguna visita. No sé por qué, pero gracias, gracias de todo corazón si llegas a este texto, gracias por ser el resultado de algún loco algoritmo marginal que tropezó con este rincón polvoriento.

No, no voy a hablar de mi año, de todo lo bueno, de todo lo malo, no quiero hacer balance ni presumir ni rasgarme las mejillas ante un público más o menos advertido. Hagamos una elegante elipsis, que siempre es muy literario, dejemos un hueco, démosle un mordisco a la línea real que (posiblemente) nadie aprecie, porque nada importa. ¿Verdad?

En realidad, si estoy aquí, ahora, sentado escribiendo; si estoy aquí, ahora, publicando esto; si estás aquí, ahora, leyendo mis ideas; es bajo el signo de un color. Sí, de un simple color. Quizá ya lo hayas adivinado, porque hay videos y artículos por todas partes hablando de ello, tomándose en serio algo que no es más que un golpe de marketing. ¿Pero acaso nuestra existencia no es ya un dejarse llevar o un resistirse a esta u aquella otra corriente consumista? ¡Oh! No voy a entrar en eso.

Pantone, esos vendedores del color, nos ofrecen para 2026 un bello blanco-gris, como si se hubieran aburrido, como si se rieran de nosotros, o como si también ellos estuvieran anunciando el advenimiento de los desastres por venir. No nos ofrecen un blanco puro sino uno cansado, podríamos decir también polvoriento, que sabe a ceniza.

Pero coincide (ya sabéis como de caprichosas son las relaciones de ideas) que ese color se asemeja mucho a lo que para mí representa el silencio, algo abierto, un gris de día nublado, pero no lluvioso; de inmensa arquitectura brutalista en una mañana clara.

En el silencio suelen nacer los cambios, los cambios reales, no el loco manotear confuso de cuando deseamos hacer, hacer y hacer para ocultar el vacío, el miedo, el dolor. A veces es mejor no hacer, esperar, limpiar. Y pienso también, no sé por qué en que se trata del mismo color de la revelación de George al final de Un hombre soltero, de Christopher Isherwood, el color de sus sábanas, del territorio entre la consciencia y la inconsciencia, la vigilia de la lucidez. No, no hace falta que lo busquéis, no está en la página impresa, sólo en mi lectura, en el color de mi lectura. Todas las revelaciones son así, tienden hacia la pureza, la desean, la acarician, pero jamás la alcanzan, se detienen antes como si aquello quemara, y sí, quizá lo haga.

¿Y qué? ¿Verdad? ¿Qué con ese color? Nada. Nada. De verdad, no quiero irme por caminos tortuosos, no quiero pensar demasiado y seguir dejando registro de ello, deseo el silencio, el vacío. Lo prometo. Me gusta este gris, perdón, este blanco, me gusta porque invita a darse espacio, invita al sosiego, al silencio. ¿No es eso lo que todos necesitamos en un mundo tan lleno de ruido, de caos, de inmediatez? Un tono, un ambiente en el que aislarse para encontrarse uno mismo. Quizá sea una excusa para volver a empezar.

Deja un comentario